
Y allí estaba ella, tirada en medio de la habitación, mientras sonaba un móvil de fondo. Él la seguía llamando, quería darle una explicación. Tenía la mirada perdida y el gesto desencajado. No sabía cómo ni porqué se encontraba así. Ella era fuerte, un espíritu libre, que nunca sufría o mejor dicho nunca lo manifestaba. Pero en esta ocasión esto no fue así: las lágrimas le saltaban de los ojos y las manos le temblaban. Nunca le había pasado algo parecido.
Ahora era diferente. Él le había fallado. Su amigo, su mejor amigo, la había dejado sola, tirada, cuando más lo necesitaba mientras que ella siempre estuvo a su lado. No había explicación ni excusas posibles.
Ahí, es cuando se dio cuenta de que la amistad era relativa, y que muchas veces el egoísmo podía con esta.
1 comentario:
Me pasó algo parecido, bastó con no poder verlo tan seguido para que la amistad se desgastara totalmente.
Ya te estoy siguiendo, un beso.
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